sábado, 20 de diciembre de 2008


A un cadete acostumbrado a las corridas,

la vergüenza ya le pisa los talones,

lamentando el precio de sus confesiones,

va esquivando ejecutivos por Florida.

Mientras cruza sin mirar las avenidas

se martilla la cabeza sin piedad,

vuelve con los ojos llenos de perdón.

Pero es demasiado tarde y ella le da un beso de esos que humillan a la soledad.


Por el centro todos conocen la historia

del más pillo y la más bella del condado,

y aunque tiene momentos de poca gloria es un cuento que merece ser contado.

Cuando el amor se tomó unas vacaciones la vida le dio milonga y el bailó,

nunca le dijo que no a otros rocanroles.


Pero Steve Ray Voughan fue testigo

de esa magia que los condenó

a vivir eternamente

entre el tedio y la pasión,

el instinto y la razón,

entre la perseverancia

y la cruel resignación.

Esa magia que no los va a dejar ser

dos amantes del montón.


Ahora ella va a dos mil por hora por la vida

pisa el freno sólo para sus dos críos,

él supo hacerse más compañero del frío

ese que le hacía sangrar por la herida.

Si hoy la describo, digo profeta Mahoma,

una vez hecho un trato ya lo consiguió,

y él adquirió una gran filosofía de goma

y zapatos baratos, eso no cambió.

Ninguno de los dos creía en el destino

y este se vengó. Para hacerse notar

les va poniendo más piedras en el camino.


Pero yo les juro fui el testigo

de esa magia que ellos seguirán

compartiendo eternamente

entre el tedio y la pasión,

el instinto y la razón,

entre la perseverancia

y la cruel resignación.

Esa magia que no los va a dejar ser,

nunca los va a dejar ser...

Dos amantes del montón

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